Asociales

Desde siempre nos han enseñado que el ser humano es un animal social. Una entidad que sólo adquiere significado y utilidad cuando se junta con sus semejantes. Los antiguos, padres de nuestro bagaje cultural, lo sabían. El individuo no es nada. La comunidad lo es todo. El hombre es gregario, como las ovejas. Sin el contacto y las relaciones con otros humanos jamás habría progresado, y hubiera perdido su misma humanidad siguiendo su camino en solitario.

Si esto es cierto, entonces, ¿por qué nos incomodan los demás? Quiero decir, el estar junto a alguien que no conocemos. No me refiero a sentirse nervioso o agobiado en una multitud. Eso es normal. Ser humano es precisamente desear con todas tus fuerzas huir de aglomeraciones navideñas y de averías en vagones del suburbano atestados de gente. No es eso. Me refiero, concretamente a lo que pasa en los autobuses. Es de lo más curioso, al tiempo que cotidiano.

Ocurre cada día, y a todo el mundo. Acabas de subirte en el autobús en un intercambiador cualquiera. El de Moncloa, por ejemplo. Buscas un sitio que te gusta (si has entrado después de una Anciana de Compañía date por jodido, si ven ocupado el sitio del copiloto cogerán los mejores puestos del fondo), y te pones cómodo (es un decir). El autobús cada vez se llena más, y falta poco para que el conductor arranque y se cierren las puertas. Deseas que se vaya para que puedas estirar bien las piernas en tu sitio.

Está como Dios.

Pero entonces ocurre lo esperado. Una persona llega y se sienta a tu lado. Se te acabó la comodidad. No hace nada por quitarte tu espacio vital, ni ocupa mucho sitio, ni siquiera molesta. Pero…ya no estás cómodo. Te quedas jodido. Cierras tus piernas lo máximo que puedes (pero aparentando no hacerlo), no sea que una molécula de tu ser roce lo más mínimo la pierna de tu vecino de asiento. Nada de contacto. Por supuesto, la incomodidad se convierte en odio si el susodicho es un cruel Sordo y tú quieres leer algo durante el trayecto para compensar todo el embrutecimiento que recibes durante el resto del día.

Esto le pasa a todo el mundo. Si eres tú el que ha llegado in extremis al autobús y te sientas en el último asiento vacío que quedaba, al de al lado le va a joder. Te deja sentarte, pero se le ve jodido, más aún si había encontrado en tu futuro asiento un práctico almacén para sus pertenencias. Si en algún momento del trayecto os rozáis, se apartará como movido por un resorte.

A mí esto me parece muy curioso. No me extraña que la sociología y la antropología se hayan interesado por este tipo de conductas. No es normal que un animal supuestamente social como lo es el ser humano rechace de forma refleja al extraño. Queremos nuestro cubículo, nuestro espacio, y el mero hecho de que alguien lo amenace de una forma tan mínima nos disgusta. Un gran profesor que tuve en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM (en ese nido de sectarios hay 4 o 5 profesores buenos, y él es uno de ellos) nos comentó un día un experimento que llevó a cabo durante una temporada. Un trabajo de campo que tensa al máximo esta incomodidad.

Lo que el buen sociólogo hizo fue sentarse junto a alguien en el autobús, aun cuando éste estuviese vacío. Aun cuando pudiera haber elegido cualquier otro asiento. Sólo había una persona, pero él elegía sentarse junto a ese viajero solitario. Las escenas eran, efectivamente, dignas de estudio. Si a alguien en una situación normal le incomoda que otro se siente al lado, imaginaos lo que siente una chica cuando el segundo viajero del autobús, que tiene todos los sitios del mundo para sentarse, elige hacerlo junto a ella. Se pone de los nervios. Y realmente no tiene por qué. Mi profesor simplemente se sentó, no hizo nada malo, pero la chica hacía todo lo posible por apartarse. Se pegaba lo más posible a la ventana, nos contaba riéndose.

¿Será por el miedo aprendido desde la infancia a no juntarnos con extraños? Puede ser, aunque el mero hecho de irse de putas invalida la teoría. ¿Egoísmo exacerbado? También puede ser. Nuestra intimidad es nuestra, por pequeña que sea, y si alguien se acerca a ella aunque no tenga más remedio nos molesta.

Quizá simplemente seamos raros y ya está. Ante eso, pocos estudios sociológicos se pueden hacer, porque tienen la batalla perdida.

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One Response to Asociales

  1. Adolfo dice:

    Curioso y a la vez qué razón tiene.

    Mofly siempre se ha de sentar con alguien, aún estando el bus vacío.

    Amosss

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