Momentos Entrañables Bérriz, vol 6

Buenos días (o noches, de hecho, mientras escribo estas líneas me acerco a la madrugada). He pasado un día estupendo, he ido de cómics y me he comprado un pedazo de comic de las Guerras Clon que ansío leer ya. Me apetece ver la tele y descansar. Pero hasta que den Seinfeld en el Paramount, tengo una hora. Una hora en la que cumpliré mi deber como nostálgico berricense. Mo está ni preparado, pero no puedo posponerlo más.
Niños y niñas, os presento el regreso de…

(chan chaannn…)

MOMENTOS ENTRAÑABLES BÉRRIZ


(en el coleegio Béerrriz…hay que ser solidaaarios…..con la maaano en el corazoon…con ilusión)

En la anterior ocasión (hace tiempo ya), os hablé del imprescindible molibule. Hoy (que será mañana para cuando lo leais) os voy a hablar de la clase de gimnasia, oficiada por Miguel ángel, Blanca y sus instrumentos de tortura (como los conos de castigo, el balón de balonmano o EL CIRCUITO, de los que hablaré otro día). Este es el primer Momento Entrañable Bérriz de una saga informativa dedicada a la clase de gimasia y a sus diversos y sorprendentes modos de castigo. La clase de gimnasia, motivo de alegría para algunos, de indiferencia y hastío para la mayoría, y de sufrimiento prolongado para mí y algunos pocos (sabéis quiénes sois, reconocedlo y llevadlo con dignidad y orgullo).
Concretamente, el MEB de hoy se centrará en la tortura clásica de la clase de gimnasia (aunque se empeñaran en llamarlo Educación Física, a los 8 años es gimnasia, a los 13 es gimnasia, y a los 18 es gimnasia. Es así). La maniobra de castigo básica y elemental, ideal para que el profesor no se complique la vida. Es tan simple como agotadora, estúpida y desmoralizadora. Es el eje, el centro sobre el que gira toda clase de gimnasia.

1. CORRER

Sí, correr, sin más. Os parecerá una chorrada, pero salvo a cuatro o cinco superdotados que debían desayunar hormonas cada mañana, a todos nos tocaba los cojones comenzar el día corriendo sin más. Sin ningún objetivo. Sin cronómetro. Sin ganas. Siempre recordaré ese curso (creo recordar que fue 3º de ESO) en el que teníamos gimnasia cada lunes a primera hora. Sí, muchos lo recordarán. Ahí estabas, esperando a que abrieran la verja verde que daba acceso a nuestro insigne y corrupto colegio. Cuando por fin abrían, y te disponías a comenzar la semana con algo de ánimo, no subías a clase. Creo recordar que dejabas la mochila ahí, en alguna cancha de baloncesto. Había gimnasia. Aparecía Miguel Ángel, barbudo, críptico y misterioso. Podía inaugurar la semana con baloncesto, con tiempo libre (el tiempo libre amigos, momentos de liberación que festejábamos como monos salvajes..qué tiempos), con balonmano (¿?¿?) o con cualquier otra tortura, tan válida como cualquier otra. Pero no. Él aparecía, con sus CONOS DE CASTIGO. Se nos venía el alma a los pies (como he dicho, a cuatro o cinco velocistas, amantes de la plusmarca, les daba un multiorgasmo en dos tiempos). Los colocaba. Tocaba correr. Pero aún quedaba una duda, una terrible duda: ¿es correr por correr, o es alguna tortura de hacer tiempo? Si ya estaba jodido por ser lunes, en esta situación estaba ya amargao. Normalmente, era correr por correr. A dar vueltas. A veces llovía, pero corríamos. A veces hacía un frío que no te podías mover, o un calor que te querías morir, pero corríamos. Si hasta a veces era de noche. Da igual, el tío decía que a correr, y a correr se ha dicho. La duración era variable, pero siempre se daba una constante: siempre se te iba a hacer eterno, y cuando el profesor hiciera sonar el silbato, nos pararíamos echando bilis por la boca. Era sencillo, y a la vez deprimente reconocer cuándo se corría por correor. Todos íbamos muy pegados, moviendo muy poco los pies, más bien arrastrándolos, con asco en la mirada. Corríamos sin nigún motivo, porque sí. Nadie nos pedía el tiempo, ni había ninguna marca que batir. El único objetivo era agotarnos físicamente y abatirnos moralmente. De hecho, una de las funciones principales de esta terrible práctica consistía en abatirnos para dejarnos en bandeja una práctica aún peor. Como dar dos horas con Rosa y luego una con Merche: te quedabas a su merced. Pues aquí lo mismo.
¿Por qué si no nos iban a obligar correr porque sí? ¿Para calentar? Puede que los vigoréxicos y los yonquis de gimnasio se lo crean, pero en nuestro caso no había nada que calentar. Corríamos, ya está. No hay más explicaciones, era el comodín. Recuerdo un año que me apunté a natación para las Olimpiadas de las Rozas. Cada alumno tenía tiempo libre, que dedicaba al entrenamiento de su modalidad. Los que iban a basket, echaban partidillos. Eran tiempos felices. Yo, corría. Iba a natación, pero en el Bérriz no hay piscina. ¿Qué le digo yo al fulano éste?, debió pensar Miguel Ángel……

– “Corre…”

Era la alternativa, la vía de escape de profesores perezosos.
Pero, por supuesto, lo de correr no se limitaba a correr sin más. Claro que no. Lo de correr jodía, era difícil de asumir. Pero si hay algo que acojonaba incluso al más preparado físicamente, eran las pruebas de nota relacionadas con correr. Da igual que fueras un Andina, una Eva de la Haza o un Rodrigo…cosas como EL KILÓMETRO (que más tarde digievolucionó en LA MILLA), el CROSS o el TEST DE CUPER no le gustaban a nadie ( o almenos eso quiero creer…bien pensado, alguno debía disfrutar doblando a los más rezagados: era el momento del orgasmo para el amigo veloz, el empuje que le hace falta para mejorar su tiempo). A lo largo de este verano os hablaré de las diversas torturas a las que nos veíamos sometidos en esta clase, pero ninguna, ninguna, inquietaba y aterraba tanto al alumnado como estas, las PRUEBAS DE CORRER. Creaban desasosiego, daban pie a múltiples lamentos y súplicas. Volvían triste al más animado. Eran como correro por correr, pero con nota. Un suspenso asegurado para mí y alguno más, y un sobre para los de siempre. Más tarde hablaré de la injusticia de las notas en este aspecto.
Hay varias pruebas de CORRER CON NOTA, espero recordar todas. Éstas son:

El Kilómetro: la clásica. Cuando llegué al Bérriz, esta fue mi primera prueba dura, prueba que suspendí creyendo que se corría por correr, por diversión. Cuando llegué al final y el profesor paró un cronómetro, me dio en la nariz que había hecho el capullo. ¿El culpable de esta desinformación? Algún día lo diré 😀
El kilómetro. Se puede adivinar fácilmente lo que es. Correr un kilómetro. Reconocer su llegada era la mar de sencillo. Miguel ángel nos sacaba a todos fuera del Bérriz. Esa era la señal, ya se oían murmullos (sí, va a ser, me da a mí que hoy toca). Había un circuito (no marcado ni señalado, pero que oye, todo el mundo conocía), formado por las urbanizaciones de Molino. Ése era el kilómetro. En el tuto era el parque París, pero en el Bérriz esto es lo que había. Si lo haces muy rápido, apruebas. Si por desgracia corres poco, porque tú eres así, y haces un “mal tiempo”, suspendes. Era injusto, pero era así: EL RÁPIDO APRUEBA, EL LENTO SUSPENDE. Esta era la máxima de todas las pruebas de correr con nota, una máxima injusta: no es lo mismo que no estudiar, si corres poco, oye, pues es una desgracia, pero no me suspendas. Y si sabes que en el siguiente kilómetro no me voy a haber convertido en Flash y sabes que voy a hacer la misma mierda de tiempo de siempre…coño, no me suspendas. Pero así era, la ley de la selva, presente en todas las pruebas de correr. El kilómetro tenía su miga. Para empezar, si ibas solo, te podías perder. Además, si perdías a alguien de vista, te sentías bastante jodido cuando te veías corriendo solo por una calle que ni conoces, mientras la gente normal hace su vida dentro de esas casas.

La Milla: Creo que es la prueba más terrible de toda la clase de gimnasia. La más brutal y temida. Es la evolución del Kilómetro, una evolución no necesaria, que solo sirvió para jodernos aún más. Como sabréis, una milla es más que in kilómetro. Ganas de joder. El método de avistamiento de esta horrible práctica era deprimente. Miguel Ángel aparecía con los Conos de Castigo, esos conos naranjas con rayas blancas que todos recordamos como el inicio de una brutal carrera por la nota. Lamentos, quejas, abatimiento general. David y yo buscábamos a Teto, para saber si íbamos a quedar, respectivamente, último y penúltimo (si no estaba) o penúltimo y antepenúltimo (si estaba). Nuestra meta no era aprobar, sino no quedar EL ÚLTIMO. Nadie recuerda quién es el penúltimo, pero SIEMPRE, SIEMPRE se recuerda quién es el último. Era nuestro objetivo a evitar, y Teto (que normalmente sacaba una parte médico, apropiado para estos eventos, para escaquearse de correr, momento en el que nos jodía pero bien las esperanzas) era nuestra salvación.
Distribúia los conos (o mandaba a alguien que lo hiciera) por todo el recreo. El resultado, un circuito friamente calculado, con su momento de sprint, su zona de gravilla y su cuesta arriba (en ocasiones, la gravilla y las cuestas daban resultados catastróficos). En la Milla no había sorpresas. Los tres de siempre me iban a doblar, y David y yo íbamos a quedar los últimos. A medida que pasó el tiempo, en la última vuelta adelantaba a algunos rezagados/confiados, y pasaba la barrera de antepenúltimo, pero en líneas generales, se sabía cómo ibas a quedar. Y por supuesto, lo que ibas a sacar. Nadie odiaba más la Milla que el pobre Teto. Los que a mí me doblaban, a él le doblaban tres veces, cada vez adornada con contundentes collejas sobre su persona. Pobre hombre. Yo nunca le di la colleja. Cada uno tenía su papel en esa estúpida competición, en esa innecesaria lucha por la nota, una nota que está asginada desde antes de empezar a correr. Aún así, te matabas a correr, pero era inútil . Alguna vez casi me dio algo de tanto correr. Con un dolor horrible en el pecho, con náuseas, con extremidades que no te responden. No tengo aguante. Al final, suspenso. No te evaluaban por tu esfuerzo, sino por tus resultados objetivos. Volveré sobre esto al final, y rodarán cabezas.
La Milla, pesadilla de todo estudiante que la haya padecido. En cada clase de gimnasia, cada alumno entonaba una plegaria para que ese día, aunque fuera ese día, no hubiera milla. A veces, funcionaba. Otras, obviamente, no. Aunque huyeras de ella, La Milla te acabaría encontrando. Nada destrozaba tanto un cuerpo, ni hundía más un espíritu que esa devastadora prueba.

El Cross: las cosas como son: no recuerdo gran cosa del cross. Sé que consistía en correr un montón, pero ahora no recuerdo lo que había que hacer para aprobarlo. Incluso puede ser que fuera aún más devastador que la Milla. Recuerdo gente hablar con pesimismo del cross, como si fuera el sustituto de la Milla. Tengo como ese recuerdo, pero ahora mismo no sé concretar más. Como supongo que vosotros sí, me lo ponéis en los comentarios, que ahora mi pica la curiosidad.

El Test de Cuper: la Historia de la Tortura Berricense tiene varias etapas, y el correr no es una excepción. Primero fue el kilómetro. Después, vino la Milla. Bachillerato (1º, obviamente) fue la época de los Test. Le dio por ahí, qué le vamos a hacer. Como a alguno no le acojonaba los suficiente sacar mala nota en la Milla, el profesor sacó a la palestra la palabra Test. Los Test eran más cortos que la Milla, pero más agotadores. El Test de Cúper fue el primero. Yo escuchaba historias terribles (y también grandes gestas) de los del tuto 2 de las Rozas acerca del Test de Cúper. ¿Qué sería aquello? Hasta que llegó al Bérriz. Tampoco tengo grandes recuerdos del Test de Cúper (los que más nos marcó a todos por su desquiciante espíritu competitivo fue la Milla), pero creo recordar que consistía en correr, correr y correr, hasta que Miguel Ángel hiciera sonar el silbato. Tú debías contar las vueltas que ibas haciendo. Como comprenderéis, si ya en la Milla y derivados se hacían trampas (diciendo un tiempo mucho mejor que el que habías hecho realmente a la hora de pasar las notas a limpio), imaginaos con el test de Cúper. La gente decía que había hecho 30 vueltas, cuando había hecho 21, por ejemplo. La corrupción era un hecho, una lacra con la que convivíamos esforzados y lentos estudiantes como yo, que veíamos como los mediocres lograban el aprobado engañando al profesor. Confiabas en que algún día el Miguel Ángel no picara y le pillara, pero eso casi nunca sucedía.Yo nunca hice trampas así, y pocas personas lo hubieran necesitado más que yo. También es verdad que no hubera sido muy creíble. Como ya he dicho, todos teníamos nuestro puesto, nuestro papel en las Torturas de Correr.

El Test de Farley: fue el más nuevo, y uno de los más crueles. El que inventara esta prueba era un cabronazo, un sádico y un amoral. Farley era un enfermo. Consistía en lo siguiente: el profesor pitaba, y corríamos. Pasados unos segundos (que se traducirían en angustiosos momentos de tensión), volvía a pitar, y debíamos esprintar a lo bestia. Luego pitaba otra vez, y volvíamos al ritmo normal. Volvía a pitar, y a esprintar. Y así hasta que le saliera de los cojones parar. Yo no digo nada, pero Hitler y sus chicos hacían algo parecido con sus prisioneros, y fueron juzgados. Para mí que Farley acabó en Nuremberg, porque ya me diréis si reventar de esa forma un cuerpo humano sirve para “calentar” o para qué. Fue la prueba que menos hicimos, pero desde luego merece ser recordada para advertir a las generaciones futuras, para que el mal no vuelva a repetirse.

Las Carreras por Parejas: todo un clásico, una carrera presente desde los tiempos del Kilómetro. La típica carrera de “a ver quién gana”. La odiaba con todo mi ser. Reunía mucha expectación. Todo el mundo gritaba y animaba a los corredores, y cuando comenzaban a correr el público se volcaba con ellos, animando a uno u otro. Primero comezó con una carrera rápida en línea recta, esa carrera que no te daba tiempo para frenar, y te tragabas la canasta mientras Miguel Ángel te decía tu tiempo. Como si importara: para todos nosotros, consistía en ganar al otro. Y yo nunca (o casi nunca, vamos) ganaba. Me puede la presión, y apenas tengo aceleración. Era corta, y tenía más emoción y alicientes que las otras pruebas, pero la odiaba.
Con el paso del tiempo, la Carrera por Parejas se tiranizó. La carrera en línea recta dio paso a varias vueltas alrededor del recreo, codo con codo con tu compañero, atravesando todo tipo de desniveles y peligros, como niños, gravilla o Fabían. Eran tiempos de gloria, de fracaso y de competición.

En cuanto a las notas, vivimos innumerables injusticias, especialmente aquellos que corríamos poco. Aparte de las ya mencionadas trampas, el sistema de notas era injusto a más no poder.
1º. No te puntuaban por tu esfuerzo, sino por tus resultados. Ya me podía matar a correr como una mala bestia, que si hacía la misma mierda de tiempo de siempre, iba a suspender, mientras que la gente como Rodrigo, gente inalcanzable en la pista, se daban un paseo y sacaban sobre. Injusto.

2º Mucha igualdad entre hombre y mujer, mucha lucha por los derechos y muchas quejas sobre el machismo, pero si yo hacía x minutos, sacaba un 2, y si lo hacía una chica, sacaba un 9. ¿Por qué?Ah, es que las chicas corren menos. Curioso. Injusto y curioso. Y se quedaban tan anchas oye, tantas quejas porque tenemos que ser iguales, y la tonta de turno (sabemos quién es) te discutía que es que las chicas tienen menos complexión, corren menos, etc, y por eso su nota es distinta. Cómo hacer que las diferencias favorezcan según las circunstancias. Pues desde este humilde blog afirmo que Eva de la Haza es una chica, y me doblaba a la pata coja y sin esfuerzo. Y, repito, es una chica. ¿Qué pasa, que su complexión es distinta? Y Venus Williams es una chica y te mete un raquetazo que te mata. Cada uno corre como corre, independientemente de si es chico o chica, está demostrado que hay chicas que corren más que los chicos. Pero la injusticia florecía en este tipo de pruebas, y es imposible luchar contra la evidencia. Los perjudicados éramos los primeros por detrás.

Al llegar a 2º de Bachillerato, ya no dimos más gimnaisa, lo que implicó no correr más por sistema, o por obligación, o porque sí. Daba pena, atrás quedaron tiempos competitivos, de triunfos y derrotas, de esfuerzos no correspondidos y de agotadoras sesiones de carreras bajo el sol. Todos los que hemos pasado por esa clase nos hemos curtido, y hemos aprendido mucho. Yo, en particular, saqué algo en claro. Si algo he aprendido después de tantos años de carreras humillantes, de esfuerzos titánicos y de sprints sin sentido es que, al igual que el protagonista de The Faculty, solo correré si soy perseguido.

Esto ha sido todo amigos berricenses. A pasarlo bien.

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3 Responses to Momentos Entrañables Bérriz, vol 6

  1. Anonymous dice:

    Jajaja! Has vuelto a lo grande!

    Yo también fui uno de los miles de niños damnificados por el sistema de calificaciones “objetivas”; a pesar de dejarme la piel, nunca llegué a aprobar ninguna “tortura”; pero lo más frustrante era ver cómo había gente que empezaba y acababa la milla en “sprint”.

    He de confesar que todavía hay una escena que aún me visita en mis pesadillas, era el Kilómetro por las callejuelas de Molino de la Hoz. Sólo recuerdo calles vacías, donde yo luchaba por avanzar y algún encuentro ocasional con Teto, que recuperaba fuerzas sentado en una acera mojada. El sentimiento de, “como no consiga llegar a la meta se irán al colegio sin mí”, era lo único que me daba fuerzas para no quedarme por ahí sentado. TERRIBLE.

    El Cross también era bastante puto, pero lo peor era la amenza que año a año hacía Blanca, “el que no vaya al Cross en la Fiesta del Colegio suspende”. Los primeros años he de confesar que piqué como un tonto.

    Lo más frustrante de llegar el último y ocasionalmente el penúltimo era que cuando llegabas física y psicológicamente extenuado, el profesor rápidamente ordenaba hacer otra “actividad/tortura”, sin pensar en que los rezagados necesitabamos recuperar el aliento!!

    Para terminar, recuerdo la prueba en de los 100 metros, esos segundos de tensión antes de que el “Tirano” pegase el pitido “de gracia”, no tenía precio…

    DARTH HOYU

  2. candyk dice:

    uf, qué me vais a contar a mí… con gimnasia iba a junio y a septiembre… e incluso al año siguiente!y encima la muy cabrona fue la responsable de que me rompiera un músculo y me quería suspender porque me pasé coja medio año (eso sí, bien que tuve que hacer gimnasia todos los días en rehabilitación…). Sin palabras.

  3. crispa dice:

    Agggggggh correr.
    El cross no tenía otra finalidad que el lucimiento de los más veloces: en la fiesta de final de curso se suponía que todos corríamos, delante de padres y tal, por cursos. Y si lo corríamos (venga subir cuestas, venga a bajar escaleras) en las clases era para “entrenar”.

    En cuanto a ver quien está para no ser la última… yo corría con las chicas (obvio) y al princpio todo iba bien, llegaba antepenúltima, pero entonces se fue MªCarmen, creo que en 1º. Y después Andrea se apuntó al gimnasio… y ya no hubo milagro que me salvara, me tocó ser la última en lo que quedaba de colegio.
    Por cierto que creo que aunque Eva llegara antes que vosotros, david y tú llegabais antes que yo (la última de las chicas), aunque supongo que Teto no, pero no me acuerdo. Total que más da, si suspendíamos igual.

    Si de algo me ha convencido mi paso por el bérriz es de que correr porque sí es lo más absurdo que puedo hacer. Además… ¡¡correr es de cobardes!!

    PDTA: Candykisser (hola, nena) me ha recordado el tema lesiones. Puedes hacer un especial sobre eso en las clases de gimnasia. Claudia batió el récord (nariz y rodilla incurable), por si vas a hacer un ranking.

    ¡Qué grandes los MEB!

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