Momentos Entrañables Bérriz, vol 3

Muy buenas a todos. Hoy es jueves, y como parece que no hay ningún pájaro suelto por casa y tampoco tengo mucho que hacer, tengo el gran honor de presentaros una nueva de entrega de:

(en el coleegio Béerriiz, hay que ser soolidaarios…con la maaano en el corazoon..con ilusión…)

MOMENTOS ENTRAÑABLES BÉRRIZ

Bien bien. Hoy pensaba hablaros de un lugar que todos los ex-bérriz conocemos, un antro que ha marcado nuestras vidas y nos ha enseñado más que nada ni nadie cómo sobrevivir y desenvolvernos en cualquier ambiente hostil. Un lugar donde las tortillas eran líquidas, las jarras contenían patatas y los filetes de merluza eran aplastados debajo de la mesa. Sí amigos, os estoy hablando de El Comedor. ¿Cómo olvidarlo? Sin embargo, me he dado cuenta según escribía de que relatar todos los sucesos y procedimientos para sobrevivir con éxito en El Comedor (ya no digo comer, eso es un lujo que algunos días no podías permitirte) me llevaría mucho tiempo y espacio, y siempre me dejaría algo en el tintero. De modo que voy a contaros los tipos de comida que nos servían esas agradables y siempre dispuestas señoras que ejercían felizmente el oficio de cocinera.

– Yo: “…¿Qué hay de comer?”

-Alegre y afable cocinera: “Puré de verduras y pescado”

– David: “No, decimos de comer”

Esto no es un chiste, es la triste realidad a la que muchos nos enfrentábamos cada mediodía, cuando por fin llegábamos al principio de la cola, apoyábamos la bandeja en el desliza-bandejas y observábamos con asco la bazofia con la que nos obsequiaban como complemento a nuestra deplorable educación escolar. Hasta el extómago más adaptable y conformista a veces no tenía más remedio que comer ese día a base de pan. Esto era así.

Procedo pues a la descripción de tan selectos manjares:

El Pan: todos los ex-bérriz debemos arrodillarnos y alabar al Pan. Si no fuera por este preciado alimento, muchos de nosotros habríamos muerto por inanición, desnutridos ante el aterrador panorama del primero y del segundo. Gloria al Pan. Recuerdo perfectamente una temporada en la que, en lugar de ir a comer, nos quedábamos jugando al baloncesto en el recreo, y luego íbamos a comer más tarde, cuando había menos gente y a lo mejor habían repuesto el menú por algo rico. Gran error. Cuando llegábamos, tras haber dejado el balón de basket en el “cajón de los balones”, contemplábamos con terror no sólo que la comida seguía siendo la misma, sino que había desaparecido todo el Pan de “el baúl metálico del Pan”, agotado tras el paso de decenas de niños. Y el Pan nunca, nunca se reponía. Esos días no comíamos. Directamente. Fue una época dura. Por ello todo ex-bérriz debe honrar al Pan, fuente última de alimento, aliento del estudiante y fuente de bocadillos de huevo frito, bacon y patatas.

Los Primeros: Primera decisión, primera elección. La “selección” de primeros era una de las tareas más desagradables, porque sabías que la probabilidad de que lo que ahí hubiera fuera comestible y cumpliera con los requisitos de salubridad de la UE era escasa. Por ello, lo más normal era que directamente te pasaras por el forro el primero (yo a veces ni lo miraba) para dirigir tu vista al segundo plato, con la esperanza de poder comer algo. De todos es sabido que los “primeros” de los colegios son el trago más duro, es el conjunto de esos platos que de pequeño te obligaban a comer y que de mayor los rechazas con rencor. De los de nuestro sin par Colegio Bérriz yo señalo estos:

– El puré: este era uno de los más odiados. Puedo contar con los dedos de una mano el número de personas que cogían este plato porque les gustara. Recuerdo que a Borch le gustaba, pero ya. El puré del Bérriz conformó nuestra idea de lo que es el puré: una masa de líquido naranja (a veces verde), denso, de molesto olor y con tropezones. Qué asco.

– La paella y sucedáneos: nunca me gustó esta paella. Por defecto, no me gustan las paellas de los comedores, porque están llenos de guisantes, pimiento y cebolla, ingredientes que odio. La paella-fideuá bérriz cumplía con esta máxima. Que sobraba cebolla, venga a echarla a la paella, que así se alimentan. Por no hablar de que siempre, siempre estaba fría (¿a que sí?)

– Los macarrones y sucedáneos: similar a la paella. Los gajos enormes de cebolla dominaban el terreno, invadiendo el espacio a la pasta. Por supuesto, estaban frios, ya fueran espaguetis, macarrones o coditos (estos últimos eran especialmente temibles, porque la cebolla se escondía en el interior del codito). Aun así, solía ser el primer plato que te llevabas de mala gana, aunque luego no te lo comieras.

– Sopas: cuando, aburrido en clase, abrías tu carpeta y leías el menú de hoy, más de uno se preguntó qué coño era eso de “sopa de lluvia”. Yo aún me lo pregunto. Las sopas del Bérriz también solían ser el típico primer plato, coloridos nombres para el mismo montón de aguachirri en un plato hondo.

Los Segundos: Una Nueva Esperanza. Tras la desagradable aunque rápida elección del primer plato (que ya digo que lo normal era no cogerlo), llegaba el turno del segundo. Más que un segundo, era la respuesta a esta pregunta: “¿voy a comer hoy, o dependo del pan?”. Todos sabéis que es cierto, si el segundo era bueno, comías. Si no era bueno, te jodías. La solución mayoritaria solía ser una mezcla: no era bueno, pero comías, o por lo menos te lo llevabas a la mesa. Estos son los escogidos, los platos que para siempre marcaron nuestra vida:

– Las Patatas: el eterno acompañamiento se convertía muy habitualmente en la única fuente de sustento de muchos estudiantes, siempre y cuando no estuvieran bañadas en salsa. Muchas veces, el hecho de que las patatas (lo único caliente y crujiente de la comida, y no siempre) cayeran accidentalmente en una salsa, acababa con tu comida. Qué hubiera sido de nosotros sin las patatas, motivo de disputas, negociaciones y treguas en la mesa. Por las patatas los platos del compañero eran saqueados, las traiciones florecían y era necesario armarse con cuchillo y tenedor para que ningún ladronzuelo te robara tu única comida. Gracias al diezmo semanal que le pasabamos David y yo a Adolfo (que comía de tartera), él nos daba pizza de su madre cuando tocaba. Gracias a este feudalismo logré sobrevivir. Sí, las patatas eran oro en un comedor donde muy poco se podía comer.

– Roti de pavo, magro y demás estofados: ¿qué cojones era eso de roti? Aquí englobo ese plato formado por carne chiclosa, seca y en forma de bolas acompañado de patatas, que eran inmediantamente anuladas por la abundante salsa marrón del plato. Esta salsa era un comodín para este tipo de platos, y siempre te acababan jodiendo las patatas.

– Filetes: aquí la calidad variaba. Lo mejor de estos platos eran siempre las patatas, algunas veces calientes y crujientes. Cuando el filete era en plan escalope solía convertirse en tu comida, aunque por algún extraño motivo cuando lo pinchabas echaba burbujillas. Si era del tipo suela de zapato, era difícil de tragar. Tanto si era de un tipo como de otro, solia terminar en el fondo de la jarra de agua.

– Filete ruso y hamburguesa: la creme de la crem del segundo plato. Cuando llegabas y veías que había filete ruso, se te había arreglado el día, sabías que ibas a comer. La hamburguesa (y sobre todo el filete ruso) servía de relleno exquisito para minibocadillos. Anda que no estaba bueno, aunque nunca entendí por qué estaba relleno de perejil.

– Tortilla: la tortilla del Bérriz se convirtió desde sus inicios en la pesadilla de los niños problemáticos y en motivo de arcadas para todos. Un pedazo de tortilla de patatas prácticamente líquida, con la que las vigilantes del Comedor torturaban a los niños para que se la comieran. Sólo de pensar cómo era ese aborto de tortilla se me revuelve el estómago. Siempre acababa en el mismo sitio: el suelo. Los más valientes la enviaban a La Barra (véase El Pescado)

– El Pescado: sin duda , el plato más temido. Durante mis últimos años de ESO, el pescado (más conocido como el putopescao) se convirtió en nuestra némesis, el enemigo a batir. Podía adquirir forma de barritas (blandurrias y de un contenido líquido), pero todos recordamos su formato tradicional: el del filete, junto a su sobre de mayonesa. Hay que reconocer que con la mayonesa el pescao ganaba algunos enteros. Incluso había gente que lo defendía tímidamente. Pero el destino del pescado estaba escrito. Un producto tan odiado y de tan ínfima calidad no podía acabar bien. Cada viernes (sin excepción) sabías que tenías pescado, por el rollo ese de la cuaresma (al menos, yo siempre he creido que era por eso, porque si no de qué lo iban a poner). Eso implicaba que si no te gustaba “el pescao” (lo más normal), pues no comías el viernes. Esto fue su perdición. Todo empezó con no comerlo, pero, con el paso del tiempo, y animados por nuestro odio hacia él, descubrimos un nuevo destino final para nuestro amigo el pescado…La Barra. Esa barra que rodeaba la parte baja de las mesas se convirtió en la última parada del pescado. Primero mirabas a tu alrededor, con disimulo. Luego ponías la mente en blanco, cogías el pescado y lo empotrabas contra la barra, mientras gritabas “¡a la barra!”, o algo así. Pronto La Barra se convirtió en un arte. A veces, debido a la maestría alcanzada en esta disciplina, el pescao tardaba en caer de La Barra al suelo, e incluso a veces se quedaba ahí. Cuántas veces hemos tenido una desagradable sorpresa al utilizar la Barra y descubrir que ya ha sido ocupada.

– Las albóndigas: tengo que decir que a mí me encantaban las albóndigas. En serio, me chiflaban. Hasta que Adolfo empezó a decir que la salsilla blanca que se acomodaba en ellas eran producto de Fabián. Desde entonces, no pude volver a probarlas. Daniel Bailer.

– Los canelones: sin duda, mi comida favorita del Bérriz. Ponían muy pocas veces, pero cuando los ponían yo era feliz. Detrás de un aspecto verdaderamente vomitivo (jamás querré saber qué tipo de carne era esa), se escondían unos canelones buenísimos, con tomatito y una salsa un tanto sospechosa. Qué buenos estaban . Además las cocineras solían dejarte repetir, quizá emocionadas por el hecho de que estás comiendo, te gusta y quieres más.

Los Postres: el postre muchas veces era inexistente, aunque otras te salvaba la comida. ¿Que no queda pan? Pues una pera, y hasta la cena, con dos cojones.

Dada la escasez de postres, se establece una clara división:

-La fruta: el 90% de las veces, el postre era fruta. Una pera, una manzana o un plátano. La pera era la favorita, sobre todo para acabar mutilada o arrojada a la jarra. Y es que la pera era el producto que más se encontraba en esas jarras, llenas de escupitajos, carne y fruta. Ibas a por una jarra, y tenías que regresar derrotado mientras decías a tus compañeros, “no, hay una pera” Esta es una de esas cosas que, pese a ser entrañables, no echas de menos en la Facultad. La continua mancillación de la jarra de agua originó una atroz sequía, al haber sido profanadas todas las jarras de agua del comedor.

– Las Natillas: las natillas generaban una sensación similar a la que sienten los ratones con el queso, las abejas con la Nocilla y Pocholo con la farlopa. La gente se volvía loca. Había pregoneros en la cola, “¡hay natillas, hay natillas!¡Hossana en el cielo!” La gente cogía natillas en masa, y las devoraba con sumo placer. Y la galleta de las natillas era aún más deseada. Todas las humillaciones alimenticias eran compensadas cuando hundías esa galleta en las natillas. He llegado a ver gente con unas natillas con hasta cuatro galletas, de gente que no quería o quería ver el espectáculo. Las natillas eran la alegría del comedor.

En ocasiones, para descubrir qué te podías encontrar en el comedor, antes de ir a él, había un sistema. Consistía en ir a los baños de antes del recreo, esos que estaban antes de llegar a las escaleras que te llevan al comedor, e ir a mear. Muchas veces, en el baño te encontrabas la comida de ese día. El filete era el alimento más encontrado en estos meaderos, junto con la pera. Con este sistema, no había sorpresas.

Hay que señalar también que los días de fiesta la comida cambiaba a algo no solo normal, sino bastante bueno. Días de fiesta se traduce por último día de clase del trimestre o del curso, en plan tomad comida buena cabrones, luego no os quejéis. En esta comida abundaban los canelones, había langostinos, los filetes rusos llevaban más ketchup y el postre era o helado o torrijas. Por supuesto, si era el primer trimestre habían polvorones, mantecados´, mucho mazapán y algo de turrón.

No puedo dejarme en el olvido una suprema injusticia, que he de hacer pública en este nuestro blog: mientras nosotros comíamos esta bazofia, los profesores tenían comida buena. Cuando nos quejábamos, ellos decían que es que su comida era sin sal (¿?) Recientemente, nuestro reportero de investigación se infiltró en sus filas y descubrió la verdad, lo que todos sospechábamos: la comida de los profesores es buena, distinta a la de los alumnos, y si dices que eres profesor te dan comida buena. El Despotismo Ilustrado, vamos.

Con esto termina el Momento Entrañable Bérriz. No veáis qué bien me lo paso haciendo estas cosas. La Memoria del Bérriz no debe ser olvidada. Recordad, el próximo jueves, aquí.

No quiero despedirme sin decir que la Convención Star Wars del Carralero fue genial. He ido hoy al fotoprix a revelar las fotos, pero con todo el rollo este del puente, dicen que estarán el miércoles, así que el jueves como tarde pondré una crónica de tan maravilloso acontecimiento, llena de fotos. Como adelanto, conseguí la firma de Boba Fett 😀

Nos vemos en la Red.

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8 Responses to Momentos Entrañables Bérriz, vol 3

  1. crispa dice:

    Mierda, por qué he leído esto antes de dormir…
    Mala persona, esto se avisa. Voy a tener pesadillas, seguro, con el pescado y los cartílagos de los filetes, y la crueldad de la comida “sin sal”, y esas jarras asquerosas…
    Procuraré pensar en las fresas con leche, comparables a las natillas.

  2. Anonymous dice:

    !!!HAY MÁS DÍAS QUE JUDÍAS!!! LO DE LAS FABI-ALBÓNDIGAS ERAN DE CAJÓN.

    DANCING DANIEL

  3. Anonymous dice:

    MI CONCIENCIA NO ESTÁ TRANQUILA DESPUÉS DE TANTO TIEMPO Y MIRA QUE HA LLOVIDO PERO ES HORA DE QUE TOD@S LO SEPAN.

    ASÍ QUE JAVI,EN LA PRÓXIMA ENTREGA.. ¿HABLAMOS DEL INCENDIO QUE “APAGAMOS”??

    TRIOLÁ UN TA-TÁ!!!

    DANCING DANIEL

  4. Anonymous dice:

    JAJAJA!

    Has conseguido transmitir toda la “esencia” de aquella jungla salvaje que sarcásticamente los profesores llamaban “El Comedor”.

    Te ha faltao mencionar las “Chekas” de profesores que había donde teniamos que dejar la bandeja en los primeros años de la ESO; el férreo control profesoril nos lanzó a una vida de subterfugios e ilegalidad; tuvimos que aprender el arte de “La barra” el de “La Jarra”, o el de esperar media hora, hasta que fueran muchos niños con la bandeja a dejarla e intentar cruzar entre la masa, jugándotelo todo a una carta!

    Como gran admirador de las peras (no penséis mal), había dos tipos de peras: las blandas y deliciosas, que se deshacían en tu boca, y las que en realidad no eran peras, sino piedras pintadas de verde por Fabian y Cia., eso era mortal.

    Pero todos tendremos en nuestra mente la imagen de uno de los “niños del berriz”, llevando en una bandeja sin platos un número indeterminado de panes (entre 10 y 20) y un vaso; frecuentemente estos héroes libertarios eran avistados, interrogados y torturados por la “Cheka profesoril”.

    Tengo que anunciar, que en mi tierna infancia, (por lo que hoy se conoce como Primaria, EGB por aquel entonces), fui obligado a comer esa tortilla de patatas por las cocineras y la aborrecí para siempre.

    Como agente infiltrado en las filas de El Enemigo, atestiguo, que la palabra en clave “comida sin sal”, significa extra de guarnición de chorizo y comida del “cajón de abajo”.

    Por ultimo, un minuto de silencio por el programa “patatas por pizza” que evitó muchas muertes por inanición.Gracias “Dolfo”.

    Se despide,

    ZORRINO,

    PD: Con este expediente has completado la segunda parte de uno que ya comenzamos en Bachillerato sobre “EL Comedor, un año depués”.
    JAJA! Nos vemos este domingo!!

  5. Anonymous dice:

    Brutal javi. simplemente brutal, me he descojando todo el rato

    Daniel Bailer

    Igna

  6. candyk dice:

    Mira que el comedor de mi colegio era muy parecido, pero teníamos algunas cosas diferentes, como:
    a.) Carreras de bichitos-bola de la ensalada
    b.) Escondites inusuales, incluso en los zapatos para después tirarlo en el baño
    c.) Ya os lo contaré en otro comentario

    Sólo me queda decir que no he podido parar de reírme. Un besote y vivan los Momentos Entrañables Bérriz

  7. Carlos dice:

    Una vez vi que el puré amarillo se guardaba en garrafas de plástico de unos 20 litros cada una almacenadas a la intemperie, junto a la puerta que daba a las cocinas desde la parte de atrás del cole. era el mismo sitio donde las cocineras dejaban comida para todos los gatos del lugar, así que imaginad la cantidad de felinos que se subían a las garrafas y hacían cosas peores…gracias por las risas, salud!

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